De como empiezas el viaje con una ‘mala’ experiencia en Chefchaouen y lo terminas con un amigo para siempre.

Posted: 1 marzo, 2020 by Sandra Gr

Aunque nuestra visita a Chefchaouen acabó siendo mágica, la verdad es que nuestra llegada allí no lo fue tanto…

Todo empieza de camino a Chaouen.

Situémonos: Día 6 de febrero. Llegamos a eso de las 15h al aeropuerto de Fez. Compramos una tarjeta prepago para tener internet en el móvil y poder utilizar el navegador. Vamos a recoger nuestro coche de alquiler. Desde internet no nos dejaba pagar los (aproximadamente) 200€ que nos costaba por 6 días de alquiler. Ya en la oficina nos empiezan a sumar servicios, entre ellos el seguro por si se rompiera algún cristal del coche y, entre una cosa y otra acabamos pagando más de 400€.

Después de la clavada. Ole! Al menos el coche dispone de navegador. Escribimos en él: Dirección: Chefchaouen. Nos dice que llegaremos sobre las 18:45 de la tarde. “Bueno, tampoco es tan tarde”, recuerdo que pensé. Nos dirigimos a Chauen. Las reglas para conducir en Marruecos parecen ser: “Tonto el último” y “sálvese quien pueda”. La carretera no disponía de líneas que diferenciasen los carriles, así que si cabían 5 coches, pues 5 carriles habían.

El juego me llegaba a parecer divertido. Y eso que soy una maniática del orden y del cumplimiento de las reglas. En ese ‘juego’ no solo esquivamos coches, sino que también se trata de esquivar a carros tirados por burros, furgonetas de mala muerte o niños que cruzan por el medio de la carretera o que van caminando por los arcenes. Además, a cada paso nos cruzamos con controles policiales. Curiosamente no nos paran. (En este trayecto. Más adelante os explicaré la curiosa experiencia que tuvimos con la policía marroquí).

Vamos adelantando. No sabemos si el navegador funciona. Cada vez adelantamos más, pero, en cambio, el navegador nos indica que cada vez llegaremos más tarde. Ahora dice que llegaremos sobre las 19:30.

Se nos empieza a hacer de noche. La carretera está medio en obras y es totalmente oscura. Entre la oscuridad vemos a lo lejos (y no tan lejos) sombras que se mueven. A veces son animales, a veces animales acompañados por personas y a veces personas. Algunos niños están volviendo a su casa en la máxima penumbra. Supongo que al salir del colegio tienen que recorrer varios km hasta llegar a su pueblo y se les hace de noche por el camino. Voy todo el camino con nervios en el estómago. Me da miedo de que en mi primer día en Marruecos podamos atropellar a alguien.

El navegador nos dice ahora que hasta las 20h no llegaremos a Chauen. Era mentira, llegamos sobre las 21h. Siento alivio de haber llegado sin haber tenido ningún accidente. Mi alivio dura poco. Cuando nos empezamos a adentrar en la ciudad encontramos a varios grupos de hombres y niños apoyados en los coches en el lado de la carretera por donde pasamos. Están hablando entre ellos y parecen distraídos. Pero no. Cuando ven que somos turistas se abalanzan sobre el coche con un manojo de llaves en sus manos. Nos las enseñan moviéndolas. Todos llevan llaves y nos dicen algo. No sabemos qué dicen ni qué quiere decir ese gesto. Nos asustamos.

El navegador no funciona. Nos dirige a calles sin sentido. No encontramos nuestro riad. El navegador del móvil tampoco funciona. No sabemos donde ir, así que pasamos repetidamente por las calles donde nos abordan aun más, al ver que estamos perdidos.

Un niño de unos 10 años se pone delante de nuestro coche. Hace lo mismo. Saca unas llaves y nos mira de forma desafiante. No piensa apartarse hasta que… no sé. En aquel momento no sabia de qué trataba todo aquello. Tampoco podemos parar en ninguna parte a esperar a que el navegador responda o a buscar información. Si paramos, tenemos a alguien tocando a la ventanilla para ofrecernos ayuda, suponemos que no desinteresada, precisamente.

El navegador ahora nos lleva por otro camino. Está muy oscuro. Cuando ya llevamos unos metros bajados, vemos que su continuación ya no tiene asfalto y que no podemos seguir por ahí. Damos la vuelta. Empezamos a subirlo de nuevo. Bajan dos hombres de entre la oscuridad. Llevan una chilaba rayada con la capucha puesta. Nos increpan. No sabemos qué les molesta exactamente. Cuando pasan al lado del coche empiezan a golpear las ventanas. Recuerdo en los extras que le han sumado al coche de alquiler y le doy gracias a Dios y a Allah por haber contratado el seguro para los cristales. Afortunadamente no los han roto. Me empiezo a agobiar mucho.

Después de dar vueltas sin sentido por la ciudad nueva y de que las mismas personas nos enseñen las mismas llaves… ocurre el milagro. Recibo un whatsapp. Sólo dice: Hola. Pero siento un gran alivio. Me escriben desde el riad, así que aprovecho para preguntarles cual es el parking más cercano. Me dicen que deje el coche en el parking del Hotel Parador y que les avise y un chaval que trabaja en el hotel nos irá a buscar. Por momentos se va mi agobio.

Cuando llegamos al parking tenemos a un señor pidiéndonos dinero por dejar el coche allí. (Ya os explicaré en otro post como funciona el tema parking en Marruecos). Nos bajamos del coche y tenemos al chaval del hotel esperándonos y ayudándonos a coger las maletas. También a un grupo de hombres que nos empieza a hacer preguntas. Que de donde somos, que si necesitamos algo que les llamemos, que si necesitamos ayuda… Me vuelvo a agobiar. Llevamos mucho rato en coche. Estoy cansada. Y mi agorafobia no es muy amiga de tener que salir a la calle sintiéndose observada e increpada por todo el que se encuentra.

‘Mañana de día y habiendo descansado lo verás de otra forma, Sandra’, me dije. Pero al día siguiente, de día, mi ansiedad había crecido tanto que ese prejuicio iba a ser difícil de quitármelo de encima… Hasta que conocí a Rachid.

Conocimos a Rachid durante el desayuno en el riad donde nos hospedábamos (el riad Nila, situado dentro de la medina de Chauen). Nos sirvió un abundante desayuno con una sonrisa y dándonos los buenos días con un acento andaluz muy gracioso. Después de presentarnos, supimos que el acento provenía de su padre, un sevillano de los Palacios y Villafranca.

Rachid nos dio conversación. Que encanto! Así que después de dar una vuelta por la medina de Chefchaouen y darnos cuenta de que no podíamos olvidar la bienvenida del día anterior y la inseguridad que sentíamos, volvimos al hotel a pedirle si él nos podría enseñar la ciudad.

Hecho!

Después de comer en el riad Hicham (el que recomiendo encarecidamente, más que por la deliciosa comida, por el delicioso servicio de sus trabajadores) nos encontramos con Rachid. Recorrimos Chauen de punta a punta conociendo curiosidades de la ciudad, de Marruecos y de la cultura musulmana. Después de 5 horas para arriba y para abajo, Rachid nos lleva a la Plaza Uta el-Hammam. Me deja en el restaurante Paloma tomando el té con su padre. Mi chico y él se van a comprar dulces marroquíes.

Allí estoy con José. Allí lo conocen como Mustafá. (Tuvo que convertirse al islam para casarse con una chauní). Hablamos sobre España, su vida en Chaouen, su hijo Rachid y el Betis (como si yo supiera algo de futbol). Y es ahí donde los prejuicios se fueron. Entender la cultura desde la visión de alguien de allí/que vive allí y de forma tan desinteresada fue un cambio brutal. Siempre le agradeceré a Rachid haberme dado esa confianza. Mi viaje cambió gracias a él.

Y es así como una mala experiencia se convirtió en una buena.

Y es así como empieza la historia de una amistad para siempre.


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